Cuando el señor Felipe llegó a ese punto, hizo una pausa a propósito. El señor Pedro sonrió cuando lo vio.
—¿Solo eso? Si tiene alguna dificultad, puede decirlo sin rodeos. Al fin y al cabo, entre nosotros, tío y sobrino, no hay nada que no pueda decirse, ¿no?
Yo los miraba callada, y sentía mucha amargura. De verdad… todos eran muy buenos actores. El señor Felipe volteó a verme. Me asusté de inmediato y le hice señas de que no, suplicando. Él sonrió y le dijo con un tono amable al señor Pedro: