—Ella no los ha abandonado —intentó mediar Carlos.
—Si ustedes quieren, también pueden ir a vivir con su mami.
—¡No quiero! —gritó Luki, mirándolo con rabia—. ¡No quiero ningún padrastro, solo quiero a mi papi!
Carlos suspiró:
—Niño, tú...
—¡Cállate! ¡Tú tampoco tienes derecho a hablar! —le gritó Luki, con su cara redonda llena de odio y una seriedad impropia de su edad.
Me quedé paralizada mirando al niño. Ese pequeño, que siempre había sido tan dulce y atento, me rompía el alma.
Le limpié las