También estaban Alan, Embi y Luki.
Los dos hombres, cada uno con un niño de la mano.
Parecía que habían salido a pasear con los niños.
—¡Mami!
Embi tenía ojos de águila, y al instante me vio. De inmediato se soltó de la mano de Mateo y, dando pequeños pasos con sus cortas piernitas, corrió hacia mí con entusiasmo.
—¡Mami, mami...!
Se lanzó a mis brazos, mirándome con sorpresa.
—¡Mami, ¿cómo es que también estás aquí?! ¿Te habías quedado con papá, y me querías sorprender a mí y a Luki?
Cuando esc