Embi corrió contenta hacia Mateo.
Él la alzó y le dio un beso en su mejilla redondita.
—En unos días te voy a llevar a pasear. Pero antes, vamos a jugar con tus juguetes aquí en casa, ¿sí?
—Sí, sí. Si papi juega conmigo, soy feliz en cualquier parte —respondió Embi y enseguida le plantó un beso sonoro en la cara.
Mateo no pudo evitar reírse de la felicidad.
Entonces Luki tiró de mi ropa y señaló a Carlos, que estaba a un lado, con expresión tensa.
—Él es el tío, ¿verdad? Cuando llegó, doña Godin