Tenía un frío que me calaba hasta los huesos.
Me separé de él al instante.
—¿De dónde saliste?
Mateo me miró con una sonrisa.
—¿Cómo que de dónde salí?
—No te encontré en casa, te busqué por todas partes. Aquí estuve vigilando un buen rato y no te vi, y ahora, de la nada, apareces —le dije.
—Estuve aquí todo el tiempo —contestó.
Me tomó la mano y la metió dentro de su chaqueta, contra su pecho. A pesar del clima helado, él estaba calentito. Sentí los latidos de su corazón, fuertes y constantes.