No pasó mucho tiempo antes de que Mateo me llevara a una casa alejada de todo. Estaba bien iluminada y varios guardaespaldas vigilaban la entrada. Lo miré sin entender nada.
—¿Dónde estamos?
Mateo no me contestó. Me tomó de la mano y me hizo entrar con él. Apenas cruzamos la puerta vi a varias personas amarradas en el suelo. La sorpresa me dejó paralizada.
—Señor Bernard, no están hablando —dijo uno de los guardaespaldas.
Mateo apretó los dientes.
Se sentó en el sofá conmigo y miró fijamente a