Con desprecio, me hice a un lado y dije, irritada:
—Ya no eres mi hermano. No quiero volverte a ver; das asco.
Después de eso, fui a ayudar a Valerie y volteé para irme.
Detrás escuché a Carlos tratar de contener el llanto.
Me mordí el labio y, aunque quise aguantar, una lágrima se me escapó y escurrió por mi mejilla.
Más de veinte años de hermandad se rompieron por completo.
Esos recuerdos lindos del pasado, al final, parecían de otra vida.
Samuel me dijo que había periodistas en la entrada del