Cuando llegamos a la puerta de la habitación, Alan se detuvo en seco.
Le quedó la mano en el aire, sin atreverse a tocar la manija, como si temiera ver algo que lo destrozara.
Lo vi de perfil, tenso, y le dije en voz baja:
—Tenemos que confiar en Valerie, ¿no?
Los labios le temblaron un poco antes de apretarse. Respiró hondo y, al final, apretó la manija.
La puerta no estaba con llave.
Parecía que alguien la dejó así, como esperando que la abrieran.
Alan giró la manija despacio y la puerta cedió