Alan gritó como loco mientras lo agarraba del cuello:
—¡¿Por qué la tocaste?! ¡Tú no la amas, entonces ¿por qué lo hiciste?! ¡Ella iba a casarse conmigo, íbamos a casarnos, maldita sea! ¿Por qué tenías que hacer esto?
Tenía los ojos completamente rojos.
Una y otra vez, le daba puñetazos cargados de furia a Carlos.
Carlos, sin embargo, no se defendió.
Se quedó ahí, recibiendo cada golpe, como si no tuviera fuerzas ni para resistir.
Entre jadeos, apenas le escuché un murmullo:
—Perdón...
Cerré los