La última vez que quise “dominarlo”, me salió carísimo. Mateo encontró la forma de vengarse todo un día y toda una noche.
No, no. Ya aprendí la lección.
Me reí y le dije:
—Anda, sigue trabajando, que yo tengo que ir al banquete.
Estaba por colgar cuando volvió a hablar, con la voz baja y provocadora:
—Amor… de verdad quiero oírlo.
Ay… me cuesta resistirme cuando usa ese tono bajito y dulce para convencerme.
Cada vez que me dice “cariño”, siento que hasta los huesos se me derriten.
Apreté los lab