Camila apenas acababa de hablar cuando una voz muy familiar sonó detrás de mí.
Mi corazón dio un salto.
Volteé enseguida y vi a Mateo entrar.
Llevaba un abrigo negro. Su mirada era penetrante, y su sola presencia imponía respeto.
En el acto, los que rodeaban a Camila se quedaron mudos, sin atreverse a decir una palabra más.
Mateo se acercó, pasó un brazo por mi cintura y me atrajo hacia él.
Su mirada se movió, seria, hacia Camila y los que me rodeaban.
—Solo salí a estacionar el auto —dijo, con