Cuando pensé en la evasión y la actitud distante de Mateo estos días, mi pecho se llenó de amargura y dolor.
Rencor, tristeza y compasión se enredaban, desgarrando mi corazón.
Me apoyé en su hombro, me levanté y, sin pensarlo, le besé los labios. Su mirada se volvió más intensa. Me agarró de la cintura y, en un instante, empezó a mover la lengua.
La ropa empezó a resbalar, piel contra piel, ardiente como fuego. La respiración de Mateo se hizo más pesada. Me sujetó y me estampó contra el respald