En el fondo, todavía quería aprovechar la ocasión para desquitarme de él, aunque fuera una vez.
Pero ¿Mateo me iba a dejar? Claro que no. Con lo orgulloso que es, jamás me permitiría estar arriba.
Y, como suponía, me sonrió, me besó cerca de la oreja y murmuró:
—No te preocupes, estas heridas no afectan en nada.
Después de decirlo, me besó otra vez con fuerza. Ese beso fue más dominante que el anterior.
Desde ahí, todo se dio sin tropiezos. Se notaba que llevaba tiempo conteniéndose. Aunque sus