Valeria no se atrevió a responder. Permaneció postrada, con los hombros sacudidos por el llanto.
—¿Quién te dio permiso para tocarla? ¡¿Quién te autorizó a enterrarla?!
Alejandro descargó la espada con violencia. El tocador de madera fina que tenía al lado se partió en dos con un estruendo. Los cosméticos y las joyas de oro y plata se esparcieron por el suelo.
Valeria gritó y se encogió, cubriéndose la cabeza.
El pecho de Alejandro se agitaba con fuerza. Los ojos inyectados en sangre le daban e