Temía aquel silencio interminable, aquella espera que jamás obtendría respuesta, aquel contacto frío y rígido.
Valeria vio el dolor y el amor que él ya ni siquiera intentaba ocultar. Los celos estuvieron a punto de hacerle perder la razón. Se clavó las uñas en las palmas y utilizó el dolor para serenarse.
—Todavía me tiene a mí, Majestad… —dijo con mayor dulzura, entre sollozos—. Siempre estaré a su lado, como cuando éramos niños. Míreme… Por favor, míreme…
Alejandro pareció no oírla. Se dir