—Basta.
Alejandro interrumpió sus gritos con una voz baja, cansada e inflexible. Miró aquel rostro que antes le había parecido el más hermoso del mundo, el que durante tanto tiempo había ocupado sus sueños. Ahora estaba deformado por los celos y el rencor. Al mirarla, solo sintió extrañeza y un profundo agotamiento.
—En este momento no quiero verte.
Pronunció cada palabra con claridad. Después salió a grandes pasos del Palacio del Fénix, sin volver a mirarla, todavía con la espada en la mano.