La habitación recuperó su silencio sepulcral. Alejandro se sentó otra vez junto a la cama, tomó la mano helada de Lucía y apoyó la frente sobre ella.
—Lucía… Dime… ¿De verdad… me equivoqué tanto?
El dolor y la confusión le espesaban la voz. Nadie respondió. Solo el viento que pasaba junto a la ventana produjo un sonido parecido a un lamento.
Al tercer día después de su aparente muerte, el cuerpo de Lucía seguía tendido en la cama de sus aposentos del Palacio de Jade.
Tomás se detuvo en la entra