—Maldita, estúpida, qué me diste — le gritaba un furioso David a Alía. Esta última lo había drogado. David intentó ponerse de pie, pero no podía. Todo su cuerpo se sentía relajado, pero estaba muy consciente de lo que estaba pasando a su alrededor.
— ¿Qué pasó, David? ¿Tu teatro de esposo bueno se acabó? ¿Qué pensabas que me ibas a hacer, estúpido? No sé cómo no eres un poco más inteligente.
Alía estaba más relajada ahora. Ella creía hacer una locura como la de tener que quemar esa hermosa caba