David cayó al suelo entre convulsiones leves provocadas por el adormecimiento de sus extremidades. La furia se reflejaba en sus ojos, brillantes por la mezcla de rabia y desconcierto. Intentó incorporarse, pero su cuerpo se negaba a responderle. Aun así, su lengua seguía tan afilada como siempre.
—¡Maldita! ¡Estúpida! ¿Qué demonios me diste? —rugió, con la voz rota por la impotencia.
Alía lo observaba desde arriba, con los brazos cruzados y una expresión serena que contrastaba por completo con e