La lluvia golpeaba con una furia monótona contra los cristales del penthouse de Castiel, creando una atmósfera de aislamiento que encajaba perfectamente con el estado de ánimo del heredero. El lugar, que antes olía a la esencia cítrica de Yestin y a la esperanza de un futuro, ahora apestaba a alcohol barato y a un abandono que se colaba en las grietas de los muebles de diseño. Castiel estaba sentado en el borde de su cama, con la camisa abierta y la mirada perdida en los papeles que descansaban