El eco de las náuseas de Yestin todavía rebotaba en las paredes de mármol del baño. Cuando por fin salió, pálida como un fantasma y con la respiración entrecortada, se encontró a Donatello parado frente a la ventana, con la espalda rígida y las manos entrelazadas detrás de él. El aire en la habitación se sentía pesado, cargado de una verdad que ninguno de los dos quería nombrar en voz alta.
—Yestin —dijo él, sin voltearse—, he visto suficiente en esta vida como para saber que ese malestar no