Donatello Armani se camuflaba entre las sombras de los jardines de esa mansión, un lugar que conocía tan bien que podría recorrerlo con los ojos cerrados. El aroma a césped recién cortado y el perfume caro de los invitados le traían ráfagas de recuerdos agridulces. Recordaba las veces que venía aquí, años atrás, para encontrarse con su amigo Francisco; risas, negocios y una lealtad que parecía inquebrantable. Quién diría que terminaría así, escondido como un criminal en su propia historia.
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