Desde la penumbra del ventanal, River observaba el jardín como quien mira una función de teatro cuyo guion ya conoce de memoria. El cristal, frío contra su frente, actuaba como una barrera entre su mundo de resentimiento y la farsa de felicidad que se desplegaba afuera.
Allí estaba Leonardo, su padre. El gran patriarca. Lo veía sonreír con esa benevolencia ensayada, la misma que usaba décadas atrás cuando Francisco, el hijo perfecto, el heredero de oro, hacía cualquier nimiedad. Ver a Leonard