El eco de sus pasos sobre el mármol del vestíbulo fue el único preludio antes de que la brisa salada del exterior los golpeara de lleno. Yestin corría con una agilidad casi felina, sorteando las tumbonas de la piscina, pero la zancada de Castiel era superior. Justo cuando ella creía que la libertad del espacio abierto le daría ventaja, una mano firme y cálida como el hierro fundido se cerró alrededor de su brazo.
El tirón la obligó a girar, quedando a escasos centímetros de su pecho. Sus mirada