—¿Y qué? ¿Viniste solo? ¿Tu esposa no vino?
Iván se recostó en la silla con su postura relajada de siempre. Hablaba con un tono tan despreocupado que, aun así, no sonaba fuera de lugar en un restaurante tan fino.
—Ella no está, lo sabes bien —Román se sentaba muy derecho, con las manos colocadas de manera impecable, la izquierda sobre la derecha. Todo lo contrario a la actitud de Iván.
Iván levantó una ceja.
—Cierto, aunque me da que ni tú, como esposo, sabes dónde está, ¿verdad?
Eso… ¿no era ec