La mañana parecía de lo más tranquila. Marta desayunaba con toda la elegancia mientras Ana, como siempre, se veía impecable a la cabeza de la mesa.
De repente, el mayordomo entró corriendo al comedor. Estaba pálido como un papel y casi no podía ni hablar del susto.
Ana frunció el ceño y soltó los cubiertos de golpe.
—Ricardo, ¿qué onda con esa actitud? ¿Quién te enseñó a entrar así, hecho un loco? ¿Y la educación dónde quedó?
Pero el hombre ni se inmutó por el regaño y soltó la bomba de una vez