La luz del sol apenas empezaba a colarse por las cortinas, pintando unas cuantas rayas de luz sobre la cama. Iván llevaba ya dos horas despierto, pero no se había movido ni un poquito.
Raina se había quedado dormida con la cabeza recargada en la orilla del colchón. Tenía el pelo todo suelto sobre las sábanas blancas y resaltaba muchísimo.
Él se quedó mirándola en silencio, sin cansarse. Se fijó en cada detalle: en cómo arrugaba un poquito la frente al dormir, en el movimiento suave de sus pesta