Marta sabía muy bien que esa no era la frase que Milena quería repetir. Se la había soltado a propósito para dejarla con la duda.
Milena, aunque lo había escuchado fuerte y claro, no terminaba de dar crédito a lo que oía.
—¿Te lo dijo él mismo? —le soltó, todavía tratando de digerir la noticia.
—Sí... lo escuché sin querer. El mayordomo también estaba ahí —contestó Marta con la voz toda temblorosa—. Señora Fonseca...
—¿Y por qué te ayudaría yo? —la cortó Milena de tajo.
Marta se quedó callada,