Raina levantó la vista, paralizada, justo cuando una hilera de más de diez camiones de cemento pasaba rozando el auto.
Eran unas moles gigantescas y oscuras. Bastaba con que uno solo perdiera el control para que el auto quedara aplastado como una lata y ellos terminaran hechos pedazos.
—¿Qué carajos fue eso? —exigió Iván. Su voz, mientras protegía a Raina contra su pecho, sonaba cargada de una furia gélida.
El auto se tambaleó un segundo antes de que el chofer lograra estabilizarlo, aunque el p