A Raina ya le estaba empezando a doler la cabeza. No se imaginaba que Román fuera tan terco.
—¿Y tú qué le dijiste?
Iván la soltó, se dejó caer en la silla mecedora y estiró sus piernas con total parsimonia.
—¿Tú qué crees?
—Si yo hubiera querido que supiera quién soy, no habría desaparecido sin dejar rastro —sentenció Raina con franqueza.
—Vaya, qué sincronía la de nosotros. Hasta parece que somos esposos de verdad —la ironía de Iván dejó claro que, efectivamente, le había negado la ayuda a s