El que iba en el asiento de atrás, que llevaba un buen rato con los ojos cerrados, los abrió por fin con una pereza absoluta.
Le echó un vistazo de reojo al coche estacionado afuera —demasiado familiar— y empezó a darle vueltas al anillo que llevaba en el dedo.
Diego sonrió, mirándolo a Iván.
—Qué belleza... mientras más lo miro, más me gusta.
Ya no quedaba claro si hablaba del coche o de cierta cara.
Iván le dio otra vuelta al anillo antes de preguntar, sin demasiado interés:
—¿Aquí por lo meno