Cuando Raina despertó, el coche ya estaba detenido y la oscuridad había caído por completo.
Iván no estaba en el auto. Sobre ella, encontró su saco; todavía conservaba ese aroma fresco a pino, un olor limpio y masculino que parecía ser su sello personal. Olía bien, increíblemente bien.
Raina echó un vistazo por la ventana. No estaban en la ciudad, de eso no había duda. Apenas se divisaban unas cuantas luces, lejanas y dispersas, como brasas agonizantes en la distancia.
Estar en un lugar descono