Raina estaba borracha... y dormida.
Tenía la cabeza ladeada, el cabello desordenado cayéndole sobre el rostro pálido, el vestido arrugado, dándole un aire frágil, casi quebrado.
Iván hacía mucho que no la veía así.
Alzó la mano y, con cuidado, apartó los mechones que le cubrían la cara, acomodándolos detrás de la oreja. Fue entonces cuando notó la humedad en la comisura de su ojo.
El peso que ya traía en el pecho se le hizo más denso; incluso le costó respirar.
Había llorado. ¿Y esas lágrimas...