Lucas Rafael Montenegro tenía sesenta y tres años y estaba de pie en la terraza de la casa grande de Santo Domingo, con el mar Caribe extendiéndose frente a él como un viejo amigo que nunca había fallado. El viento de la tarde era cálido y traía el aroma de las cayenas y el salitre, el mismo olor que había acompañado a su bisabuelo Lucas durante toda su vida.
A su lado, su esposa Camila, de sesenta y un años, le sostenía la mano en silencio. Sus hijos ya eran adultos consolidados: Lucía, de cua