Lucas Rafael Montenegro tenía sesenta y ocho años y estaba sentado en la terraza de la casa grande de Santo Domingo, con una manta sobre las piernas a pesar del calor de la tarde. El mar Caribe brillaba frente a él, eterno y sereno, como siempre lo había sido en su vida. A su lado, su esposa Camila, de sesenta y seis años, le sostenía la mano en silencio, como lo había hecho durante más de cuarenta años.
Sus hijos ya eran abuelos. Lucía, de cincuenta y dos años, dirigía la Fundación Lucas Monte