Lucas Rafael Montenegro tenía setenta y dos años y estaba sentado en la misma terraza donde su bisabuelo había pasado tantas tardes mirando el mar. El año era 2087. El Caribe seguía siendo el mismo: azul, eterno, testigo silencioso de generaciones enteras. A su lado, su esposa Camila, de setenta años, le sostenía la mano con la misma ternura de siempre.
Sus hijos ya eran abuelos. Lucía, de cincuenta y uno años, dirigía la Fundación Lucas Montenegro con pasión y había expandido sus programas a C