Lucas Montenegro tenía setenta y tres años y el cuerpo ya no respondía como antes. Las rodillas le dolían al caminar, la espalda se quejaba cada mañana, y su vista ya no era la misma. Pero su mente seguía clara, y su corazón, lleno.
Era una tarde tranquila de febrero de 2068. Estaba sentado en su sillón favorito en la terraza de la casa familiar, con una manta sobre las piernas y la mirada perdida en el horizonte del mar Caribe. A su lado, una mesa pequeña sostenía una taza de té de hierbas que