Lucas Montenegro tenía ochenta y cuatro años y el cuerpo ya era un mapa de caminos recorridos. Las manos le temblaban ligeramente al sostener la taza de té, pero sus ojos seguían siendo claros, profundos, llenos de esa serenidad que solo se gana después de haber cruzado muchos puentes.
Estaba sentado en su sillón favorito en la terraza de la casa grande de Santo Domingo. El mar Caribe seguía allí, imperturbable, como testigo silencioso de toda su vida. A su lado, una manta ligera cubría sus pie