Lucas Montenegro tenía treinta y dos años y estaba de pie en el balcón de la casa que había construido en las afueras de Santo Domingo, con vista al mar. Era una propiedad modesta comparada con la mansión de los Montenegro en España, pero era suya: diseñada con ayuda de Sofía, con un jardín donde sus hijos corrían y un taller donde Diego aún pasaba las tardes reparando motos antiguas.
Era una tarde de domingo de junio. El sol caía suave sobre el Caribe y el viento traía olor a sal y a flores de