Lucas Montenegro tenía treinta y cinco años y estaba de pie en la terraza de la casa que había construido en las afueras de Santo Domingo, con vista al mar Caribe. Era una mañana tranquila de abril. El viento traía olor a sal y a flores de flamboyán. Abajo, en el jardín, sus hijos jugaban: Isabel, de once años, intentaba enseñarle a su hermano Rafael, de nueve, a montar en bicicleta. Sofía los vigilaba desde una hamaca, con una sonrisa serena mientras leía un libro.
Lucas sostenía una taza de c