Lucas Montenegro tenía veinticinco años y, por primera vez en su vida, sentía que había construido algo sólido entre sus dos mundos.
Era un miércoles de octubre en Madrid. El otoño pintaba de dorado y rojo los árboles del Retiro. Lucas caminaba con las manos en los bolsillos de su abrigo negro, rumbo a una reunión importante en las oficinas centrales de Montenegro Group. Vestía traje azul oscuro hecho a medida, corbata gris y el reloj de su padre en la muñeca izquierda. El relicario de su abuel