Lucas Montenegro tenía veintiún años y, por primera vez en su vida, sentía que el peso que había cargado durante más de una década comenzaba a asentarse en un lugar cómodo dentro de su pecho. No había desaparecido, pero ya no lo aplastaba.
Era un viernes de finales de junio en Madrid. El auditorio de la Universidad Complutense estaba lleno de familias emocionadas, flashes de cámaras y el murmullo constante de conversaciones en español con acentos de todo el mundo. Lucas estaba sentado en la ter