Lucas Montenegro tenía cuarenta y dos años y estaba de pie en la terraza principal de la mansión Montenegro en las afueras de Madrid. El sol de finales de verano bañaba los jardines con una luz dorada que hacía brillar la fuente de mármol y los rosales que su abuela Isabel había plantado décadas atrás. A su lado, Sofía le sostenía la mano en silencio. Abajo, en el jardín, sus hijos Isabel (de veintiún años) y Rafael (de diecinueve) caminaban junto a Víctor, quien, con ochenta y cuatro años, se