Lucas Montenegro tenía cuarenta y siete años y estaba de pie en la terraza de su casa en Santo Domingo, observando cómo el sol se ponía sobre el mar Caribe. El viento traía el olor salino mezclado con el aroma de las flores de su jardín. A su lado, Sofía le sostenía la mano en silencio, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz. Habían pasado doce años desde aquella cena en la que decidió equilibrar sus dos mundos de forma definitiva.
Isabel, su hija mayor, tenía veintiún años y ya era una