Lucas Montenegro tenía treinta y ocho años y, por primera vez en mucho tiempo, sentía que el equilibrio que tanto le había costado construir empezaba a tambalearse de nuevo.
Era una mañana de agosto en Santo Domingo. El calor era asfixiante, pero la brisa del mar entraba por las ventanas abiertas de la casa familiar. Lucas estaba en su estudio, revisando documentos de la filial caribeña de Montenegro Group. Sobre el escritorio tenía tres fotos: una de su boda con Sofía, otra de sus hijos Isabel