Lucas tenía quince años.
Se miró en el espejo del baño mientras se ajustaba la corbata del uniforme del colegio. Ya no era el niño delgado y de mirada perdida que había regresado de España. Ahora era más alto, con los hombros más anchos y una expresión más segura, aunque todavía conservaba esa seriedad en los ojos que había traído de aquel viaje.
— ¡Lucas, apúrate! —gritó Emma desde abajo—. ¡Vamos a llegar tarde!
Sonrió. Emma ya tenía once años y seguía siendo tan mandona y cariñosa como siempr