Habían pasado cuatro meses desde que Lucas regresó a casa.
El verano había llegado a Santo Domingo con su calor pegajoso y sus tardes eternas. En el patio trasero, Lucas jugaba fútbol con Mateo mientras Emma intentaba meterse en medio, riendo a carcajadas cada vez que alguien fallaba un tiro. Valeria los observaba desde la cocina, con una sonrisa tranquila que por fin parecía auténtica.
Lucas había cambiado. Ya no era el niño dividido que había vuelto de España. Seguía teniendo momentos de sile