En los días que siguieron, Carlos me llamaba con frecuencia, pero jamás respondí.
Después, empezó a escribirme por todos los medios posibles.
A menudo eran los niños pequeños, inocentes, sin malicia, quienes traían las cartas y me las leían en voz alta.
Esos niños, adoptados por el profesor Rodrigo, eran como yo: almas errantes del exilio fronterizo.
Carlos decía en sus cartas que me había amado desde mucho antes, solo que no lo sabía.
Que al no verme, no podía dormir. Que yo me había vuelto par