Tras la partida de Axel,
Carlos permaneció solo en el gran salón del castillo, sumido en un silencio absoluto.
Esa colección de joyas mal hechas, ensambladas con restos sin valor, era ahora su único consuelo frente al vacío que había dejado Margarita.
Apoyó la mano sobre ellas, pero de inmediato la retiró como si se hubiese quemado.
Como si el amor ardiente que alguna vez esas joyas representaron pudiera ahora devorarle el alma.
El viento se coló por la ventana, haciendo pasar las páginas del di