El beso mutó de diálogo a demanda; de exploración a conquista total.
Ji-hoon profundizó el contacto con una voracidad que desmentía años de un estricto entrenamiento en el autocontrol. Eran años de sonrisas calculadas y gestos fríamente medidos, impuestos por una industria coreana que lo había convertido en una mercancía intocable para el mundo. Su lengua danzaba con la de ella en una coreografía salvaje, reclamando cada rincón de su boca con una posesión que bordeaba la desesperación.
Mientras tanto, sus manos —esas manos famosas que firmaban millones de álbumes y saludaban a miles de cámaras— descendieron con firmeza absoluta por la curva de su espalda. Se anclaron en la redondez de sus glúteos, atrayéndola con una fuerza que eliminó el último milímetro de distancia entre sus cuerpos. Valeria gimió contra su boca, un sonido que brotó de lo más profundo de su vientre. Sus dedos se enredaron con fuerza en aquel cabello rubio, tirando de él con la pasión desinhibida que su sangre latina nunca supo reprimir.
—A
leumdaun... por favor —jadeó Ji-hoon contra su mandíbula. La palabra coreana para decirle "hermosa" sonó como una súplica ronca, como una oración profanada antes de que sus dientes rozaran con delicadeza feroz el lóbulo de su oreja—. Te necesito. Te necesito. Dios, te necesito ahora, Valeria.
—No hables... solo bésame —le pidió ella, perdiendo el aliento.
La ropa se convirtió de inmediato en un enemigo implacable. Con movimientos que revelaban la pérdida total de su compostura habitual —esa reserva coreana que había sido su armadura durante años—, Ji-hoon desabotonó la blusa de seda de Valeria. Sus dedos eran ágiles pero temblaban por la urgencia. La prenda cayó, revelando un sostén de encaje color marfil que contrastaba dramáticamente con la piel dorada de su abdomen.
Los ojos oscuros del joven devoraron la visión con una adoración que rozaba la idolatría. Las yemas de sus dedos trazaron el borde del encaje con reverencia. Valeria, sintiéndose de repente tímida, deslizó las manos bajo la chaqueta de él, empujándola por sus hombros anchos. Luego atacó los botones de su camisa negra con una torpeza que él mismo corrigió, arrancándosela por encima de la cabeza.
El torso que se reveló ante ella era una obra maestra de disciplina física: músculos abdominales definidos como una auténtica escultura, pectorales firmes que se elevaban con cada respiración agitada y una piel perfecta que despertaba la curiosidad de Valeria por descubrir qué más ocultaba.
—Eres hermosa —murmuró él, recorriendo su cintura.
—Tú no te quedas atrás —susurró Valeria, impactada por su físico.
Sin previo aviso, Ji-hoon la cargó con una facilidad que evidenciaba su fuerza atlética. Sus manos grandes y seguras sostuvieron sus muslos, obligando a Valeria a enroscar las piernas alrededor de su cintura. Ella se aferró a su cuello como si su vida dependiera de ello. El joven la trasladó a través de la suite con pasos decididos. Cada movimiento hacía que la prueba de su excitación, dura y demandante roce sobre su piel —evidente, insistente y magnífica— Aquello provocó en Valeria unos jadeos entrecortados que él capturaba de inmediato con besos voraces.
Cuando llegaron a la cama
king-size, la depositó con una ternura que contradecía la ferocidad de sus movimientos previos. Las sábanas de seda color ébano se sentían como agua fresca contra la espalda de la ejecutiva. Ji-hoon se inclinó sobre ella. Finalmente, sus cuerpos quedaron completamente desnudos: piel contra piel, calor contra calor. Valeria pudo sentir cada centímetro de la virilidad de él presionando contra su intimidad, haciéndola dolorosamente consciente de su propia inexperiencia. El miedo y un anhelo absoluto se mezclaron en su pecho.
—Mi reina —susurró él contra su clavícula, mientras sus manos terminaban de despojarla de la falda y las bragas, dejándola expuesta a su mirada hambrienta—. Eres tan perfecta... Dime que eres mía esta noche.
—El único... —jadeó ella, arqueando la espalda cuando los dedos de él encontraron su intimidad, trazando círculos húmedos que la hacían ver estrellas—. Solo tú, Ji-hoon. Solo tú...
La frase se perdió en el aire, convertida en un grito ahogado cuando él la penetró con una sola embestida profunda y certera. Ji-hoon rompió su virginidad con una posesión que selló el destino de ambos. El dolor fue breve, eclipsado inmediatamente por una sensación de plenitud absoluta. Valeria se sintió reclamada por un hombre que la miraba en ese instante como si ella fuera su religión y su perdición.
Ji-hoon se quedó completamente inmóvil por un segundo. Su rostro se contorsionó en una máscara de éxtasis y control desesperado. El sudor perlaba su frente mientras comenzaba a susurrar disculpas y promesas en su idioma natal contra la boca de ella.
—
Ansimhada, relájate... Te tengo, te tengo —susurraba en coreano, llamándola su amor, esperando a que ella se adaptara a él.
Valeria se movió despacio debajo de su cuerpo, instigándolo con sus caderas inquietas al sentir que el dolor cedía ante el placer. En ese momento, el último vestigio de la reserva de Ji-hoon se evaporó. Comenzó a moverse con embestidas profundas, rítmicas y devastadoras. Cada empuje arrancaba gemidos de los labios de Valeria, sonidos que resonaban con eco en la opulencia de la suite. El joven la tomaba con una devoción que rozaba la adoración absoluta. Sus labios devoraban sus pechos, su cuello y cualquier parte de su piel que pudiera alcanzar. Continuaron así hasta que ambos cayeron juntos al abismo del clímax, con sus nombres entrelazándose en el aire como la única música posible en la habitación.
La luz del amanecer de Seúl se filtró por los ventanales de piso a techo como un susurro dorado. La claridad bañó la suite presidencial con una tibieza que contrastaba con la tormenta de pasión nocturna que aún impregnaba las sábanas de seda arrugadas.
Ji-hoon emergió de la inconsciencia con una lentitud deliciosa. Su cuerpo desnudo estaba envuelto en una sensación de paz física que no recordaba haber experimentado en años. Sintió el calor sólido y reconfortante de Valeria pegada a su torso, con su espalda curvada contra su pecho. El ritmo pausado de la respiración de la mujer elevaba suavemente el brazo que él había depositado de forma posesiva alrededor de su cintura durante la noche.
Por un momento fugaz, antes de que la cruda razón se impusiera, Ji-hoon permitió que la intimidad lo envolviera por completo: el olor a jazmín que emanaba de la piel de ella, la suavidad de sus muslos entrelazados con los suyos y la certeza de haber dormido profundamente por primera vez en décadas.
Sin embargo, el peso de su realidad se insinuó con sutileza. Valeria era una desconocida. Una mujer cuyo apellido apenas recordaba de la noche anterior, cuya historia era un misterio absoluto y con la que se había entregado en la noche más intensa de toda su existencia.
De repente, el zumbido insistente de su teléfono móvil, apoyado sobre la mesita de noche de caoba, rompió el hechizo. Con movimientos felinos y cuidando no perturbar el sueño de Valeria, Ji-hoon se estiró para alcanzar el dispositivo. La pantalla iluminada mostraba un nombre que le congeló la sangre.